Tengo 34 años, mi nombre es Roberto. Soy un padre de familia, con tan sólo una hija. Mi esposa se llama Claudia. Ella cree que llevamos un matrimonio perfecto y que somos la familia que todos desearían tener, algo bastante alejado de la realidad y un poco utópico. Debo mencionar algo bastante importante, tengo un secreto, una doble vida.
Conocí a mi esposa cuando iba en la universidad, algunos amigos en común. Al comienzo nuestra relación era bastante fría, pero con el tiempo se fue dando lo que la gente define como amor. Conocí a su familia, sus padres sentían un gran aprecio hacía mí, por lo cual no fue algo díficil obtener la aprobación a nuestra relación. Llevabamos varios años y cometí mi primera infidelidad. Fue con una tipa que ni siquiera recuerdo su nombre, pero fue algo intenso. Era la primera de una amigo, nos conocimos y tan sólo al hacer contactos nuestras miradas, nos dimos cuenta de que había una atracción mutua. En cuestión de días nos acostamos, para mí no significo nada, sólo sexo. Pero por el contrario, para fue algo lleno de amor y sentimiento, aunque se equivocaba. Para que ella no desarrollara un amor más fuerte, le conté que no era soltero, lo cual fue una total desilución para ella. Nunca más no vimos, mi amigo no me habló más, por lo que supuse, ellos me odiaban.
A lo largo de mi relación con Claudia, cometí varias infidelidades más. Pero ninguna significa nada para mí. Sólo sexo, una distracción y nada más. Pero por alguna razón bastante extraña, siempre las mujeres con las que cometías estos encuentros de pasión a escondidas, se enamoraban de mí. Yo nunca me enamoré de una ellas, no eran importantes para mí.
Llegó el momento de mi matrimonio con Claudia, fue una celebración bastante entretenida, nada fuera de lo normal. Nadie podía quitar la enorme sonrisa en el rostro de Claudia, su felicidad era evidente. Yo también debía dar la imagen de un hombre feliz por su matrimonio, aunque fuera falso.
Las infidelidades continuaron algo de mi matrimonio, nada muy importante, hasta ahora. El día en que llegó mi secretria nueva todo cambió. Al ver entrar a esa joven, de ojos perdes, pelo castaño y senos prominentes, sentí una atracción por ella. Se llamaba Diana, nos fuimos conociendo y a las semanas comenzamos nuestra relación secreta. Teníamos nuestros encuentros de amor en moteles baratos, a ella no le importaba y a mí tampoco. Como era de suponer Claudia no sospechaba nada.
Con el pasar de los meses, comenzé a sentir amor por Diana, algo que nunca había experimentado antes con alguna de mis amantes. Me costaba asumirlo, pero la amaba, realmente la amaba. De un momento, ella dejó de aceptar mis citas, de responder mis llamadas. Días después, dejó su puesto de secretaria. Lo único que dejó para mí fue una hoja, que tenía escrito el siguiente mensaje: Fuiste una buena aventura, fuiste mi entretención por un momento, pero no te amo.
Volver a recordar las palabras escritas en aquella hoja, aún me hace daño. Me costó reconocer, que para ella fuí uno más, nada importante. Semanas después de aquel mensaje, mi esposa, de una manera totalmente mágica, se enteró de todas infidelidades y nos separamos. Aún me pregunto, cómo fue que lo supo. No me sorprendería que Diana la haya contactado y le dijiera todo, pero quién sabe.
Ahora estoy sólo, en una pieza que arriendo en el centro de la ciudad. Sentado, escribiendo ésto. Viendo como el humo de mi cigarrillo desaparece en el ambiente, tal como lo hizo mi antigua vida. Creo que merecía lo Diana, pero aún así no lo entiendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario